La historia del Dr. Honorio
Por: José del Carmen Villalobos Tovar
En la Plaza Las Mercedes de Chiriguaná, donde las palomas conversan con los naranjos y el sol cae con la suavidad del tamarindo maduro, nació Honorio, hijo de María del Tránsito Cuello Ortiz y Pedro Martínez Mejía. Desde pequeño traía una chispa en los ojos, una risa que iluminaba los patios, y un orgullo por su tierra que parecía brotarle de la sangre como un mandato ancestral.
Creció entre el bullicio de la plaza las Mercedes, los pregones de los vendedores ambulantes y ese aire tibio que guarda la memoria de los pueblos antiguos. Estudió la primaria en el Instituto Caldas, donde el maestro Mejía —hombre serio de palabra justa— decía que Honorio tenía “la mente inquieta de los que están destinados a escribir sus propias leyes”.
Apenas adolescente, emprendió viaje a Barrancabermeja, llevando en una maleta más sueños que ropa. En el Colegio Diego Hernández de Gallego culminó su bachillerato, aprendiendo entre ríos de petróleo y noches cargadas de vapor que los sueños se defienden con disciplina.
Después, como quien sigue el destino escrito en las estrellas, llegó a Barranquilla. Allí, entre el viento del mar y el crujido de los buses amarillos, estudió Derecho. En 1981, recibió el título de abogado, y dicen que el diploma le brillaba entre las manos como si fuese un amuleto recién despertado.
Su vida profesional fue un tejido de oficios nobles:
Inspector de Policía en su amada Chiriguaná,
concejal,
auditor de la Contraloría,
pagador de la Asamblea,
abogado litigante,
y conjuez en madrugadas llenas de expedientes.
Una existencia rica en triunfos y marcada también por derrotas que supo convertir en aprendizaje. Porque el Dr. Honorio, como él mismo dice, “no es un santo, pero tampoco un cobarde”.
Pero si algo lo define, más que sus cargos o sentencias, es su alma musical. Honorio nació con un vallenato latiéndole en el pecho. Compositor, socio de SAYCO, creador de melodías que huelen a nostalgia, a recuerdos de la infancia, a amores que se fueron río abajo y a alegrías que todavía bailan en las parrandas.
En sus canciones, Chiriguaná aparece como un territorio mágico: los caminos guardan voces antiguas, los amores dejan huellas de arena, y la memoria canta con el acordeón de los que nunca olvidan de dónde vienen.
Por eso, cuando la gente lo nombra, no dice solo “abogado”, ni “ex concejal”, ni “doctor”.
Dicen “Honorio Martínez Cuello: chiriguanero de pura raíz”.
Un hombre que lleva su pueblo en el corazón como un estandarte, que camina la vida con aciertos y errores —como todos—, pero siempre con la frente en alto, la alegría en los labios y el orgullo de ser hijo de Chiriguaná en cada paso que da.
Un profesional, sí.
Pero sobre todo, un hombre de pueblo, de música, de lucha.
Un hijo de la Plaza Las Mercedes que aún hoy canta con el alma del Caribe en la voz.
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones

Comentarios
Publicar un comentario